Está siendo un proceso lento y costoso; pero ya es una realidad: la comunicación corporativa ha dejado de ser un área encargada de gestionar mensajes para convertirse en una función estrechamente vinculada a la estrategia y al negocio. 

Este fue el principal consenso de la mesa que reunió a responsables de comunicación de Ferrer, IESE Business School, Vall Companys, Idilia Foods y la Basílica de la Sagrada Familia durante El Mirador: Comunicación corporativa, de invisible a imprescindible, organizado por el Col·legi de Màrqueting i Comunicació de Catalunya.


“Ahora estamos en todo el proceso de decisión”. Uno de los mensajes más repetidos fue que el director de Comunicación ya no puede limitarse a explicar decisiones adoptadas por otros. El gran reto consiste en garantizar la coherencia entre identidad, comunicación y percepción, evitando que la imagen que proyecta una organización se distancie de lo que realmente es. Soler también defendió que 

La profesión debe superar la “infección de los KPI de los canales”, una etapa excesivamente centrada en métricas digitales, para incorporar indicadores cualitativos que permitan comprender la percepción, la confianza y la reputación de los distintos grupos de interés.

Resulta imprescindible comprender cómo funciona el negocio y participar en las conversaciones estratégicas desde el primer momento.

Abandonar la cultura del silencio. Empresas tradicionalmente muy discretas, especialmente en sectores expuestos, han tenido que abandonar la cultura del silencio para adoptar una comunicación mucho más proactiva. 

Las crisis reputacionales han demostrado que la comunicación ya no puede limitarse a reaccionar cuando surge un problema. Las organizaciones necesitan trabajar con datos para anticiparse tanto a conflictos internos como externos. 

En este nuevo escenario, el papel del dircom consiste en aportar “confianza, visión y contexto”, convirtiéndose en uno de los principales asesores del equipo directivo.

Comunicación, confianza, coherencia y curación. La necesidad de entender el negocio fue otro de los mensajes compartidos por todos los participantes.

El futuro de la profesión puede sintetizarse en cuatro conceptos: comunicación, confianza, coherencia y curación. Los CEO tenderán cada vez más a convertirse en los auténticos chief storytellers de las organizaciones, mientras que el dircom asumirá el papel de asesor encargado de construir, ordenar y contextualizar ese relato.

Medir la construcción de relatos. Dirigir la comunicación de una institución con una enorme exposición pública implica gestionar simultáneamente una gran oportunidad y un riesgo permanente. 

Se hace necesario evolucionar los sistemas de evaluación para medir también el efecto que tienen los relatos construidos por las organizaciones, de forma que, además de el volumen de cobertura, incluyan la calidad del relato generado.

La medición de los activos intangibles. El trabajo del dircom trasciende ampliamente la relación con los medios e incorpora ámbitos como los asuntos públicos, la reputación, la coordinación con otras áreas corporativas o el análisis de indicadores estratégicos. 

Los activos intangibles son perfectamente medibles y que cada vez tienen un mayor peso en la competitividad y el valor de las compañías, por lo que la comunicación debe demostrar con datos su contribución al negocio.

Diagnóstico compartido. Más allá de las particularidades de cada sector, la mesa dejó un diagnóstico compartido:

  1. La comunicación corporativa vive una segunda gran transformación. La primera consistió en profesionalizar la función; la segunda pasa por integrarla definitivamente en la dirección de las organizaciones.
  2. El dircom del futuro ya no será únicamente el responsable del relato corporativo. Será quien ayude a interpretar el contexto, anticipe riesgos, conecte reputación y negocio y aporte una visión estratégica capaz de generar confianza en un entorno marcado por la incertidumbre, la polarización y la inteligencia artificial.


Los CEO se van apuntando al proceso. La comunicación corporativa no es patrimonio exclusivo de los directores de Comunicación. Ese fue el mensaje que trasladaron los CEO de Savills Barcelona y de Metropolitan, durante la primera mesa de El Mirador: Comunicación corporativa, de invisible a imprescindible. Ambos coincidieron en que comunicar forma parte del liderazgo y que solo funciona cuando está plenamente alineada con el propósito de la organización.

La marca personal de un directivo no debe competir con la marca corporativa, sino reforzarla. Comunicar implica asumir riesgos, pero el silencio también tiene un coste. 

Se trata de conectar comunicación, cultura corporativa y negocio bajo un mismo objetivo: construir organizaciones capaces de generar confianza y fidelidad a largo plazo.

⏰ La guerra diaria por tu atención dura más de 24 horas

Entre algoritmos, IA y economía de la atención en plataformas digitales, ¿quizás es que vamos a la deriva digital? Según el análisis más reciente de Activate Consulting sobre la actividad tecnológica y mediática de los consumidores, la multitarea “convierte el día medio del estadounidense en una jornada de ¡32 horas!, con más de 13 dedicadas a la tecnología y los medios de comunicación”.

Datos destacados:

  • 🎥 El vídeo ya concentra el 71% del tiempo dedicado a las plataformas de redes sociales.

  • 💥 Los superusuarios (28% de la población) impulsan la mayor parte del crecimiento: generan el 59% del gasto en comercio electrónico y son defensores de marcas premium dispuestos a compartir datos y pagar por experiencias exclusivas.

  • 🤖 En pocos años, casi todos los usuarios de internet en EE. UU. utilizarán IA generativa.

  • 🎮 El juego se convertirá en el lenguaje global dominante, con 3.700 millones de jugadores activos en 2029.

Consumo audiovisual. Esa multitarea incluye, de media, cinco horas de consumo de vídeo, casi tres de audio, dos de videojuegos y casi dos dedicadas a mensajería y redes sociales. Aquí es donde deben encajar el trabajo, la cocina y el sueño.


Fuerzas motoras. Activate Consulting ilustra cómo se reparte nuestro tiempo digital entre dos fuerzas: el engagement y la utilidad. En un eje se mide la duración de las sesiones (cuánto tiempo dedicamos a cada plataforma) y en el otro, el tipo de valor que obtenemos. Las aplicaciones de entretenimiento y redes sociales (Netflix, YouTube, TikTok, Instagram, Substack) dominan el cuadrante del engagement, donde el valor se crea manteniendo nuestra atención. En el extremo opuesto, herramientas como ChatGPT, Notion o Canva se sitúan en la esfera de la utilidad, generando valor a través de la eficiencia y la productividad. Entre ambos polos, se dibuja el mapa real de nuestra atención: un ecosistema donde cada minuto cuenta y donde la competencia por el tiempo del usuario es más intensa que nunca.


El frenético ritmo de la actualidad mezcla las llamadas urgentes a la acción de los políticos con el alarmismo de unos medios que quieren a sus lectores en guardia. Esta movilización constante de las emociones pretende mantener viva la atención hacia diversos problemas sociales, pero también carga de ruido y ansiedad el espacio público.

Artículo de Juan Meseguer en Aceprensa, 27 de marzo de 2019

foto atarifa CC

Un recurso habitual de los populismos para apropiarse de la representación del pueblo es agitar el miedo a un enemigo, al que acusan de haber creado una crisis. El enemigo y la crisis varían según las prioridades de los distintos movimientos populistas, como explicaba Raffaella Breeze siguiendo a Benjamin Moffitt. Pero todos comparten el interés por crear una sensación de urgencia: “Hay que vencer al ‘otro’ y hay que hacerlo ahora. (…) Es el momento de ‘tomar el cielo por asalto’, de Podemos; de ‘tomar el control’ de nuevo (lema de la campaña del Brexit); y en el caso de Trump, de ‘hacer a América grande de nuevo’. En esta utilización de la urgencia, el discurso del miedo es vital”.

Los llamamientos apremiantes también son frecuentes en políticos del establishment. “¿No es este el momento de remangarnos y duplicar o triplicar nuestros esfuerzos?”, preguntaba Jean-Claude Juncker en su discurso sobre el estado de la Unión de 2016. Un año después, repetía fórmula: “Se nos presenta ahora una oportunidad que no va a durar eternamente”. Y en 2018 volvía a insistir: “El mundo, que no para de dar vueltas, se ha vuelto más volátil que nunca. (…) Por ello, no podemos aflojar, siquiera por un segundo, nuestro empeño en construir una Europa más unida”.

Complicidades que crispan

Hasta cierto punto, es comprensible que los políticos recurran al lenguaje exhortativo para movilizar a los electores en una dirección. Pero sorprende más que los medios de comunicación, llamados a informar y a explicar con serenidad lo que está pasando en el mundo, se entreguen a un activismo alarmista.

“Democracy Dies in Darkness” (la democracia muere en la oscuridad) es el lema que escogió The Washington Post para plantar cara a Trump. Nada tiene de extraño que el cuarto poder quiera mantener a raya a la Casa Blanca. Pero no hay que descartar que un sentido tan puro de misión conviva con el deseo de sacar partido a otra crisis. Al igual que los populistas lanzan sus aspavientos en busca de votos, también los medios podemos vernos tentados a elevar el tono más de la cuenta para ganar clics.

Lo advertía Jill Abramson, editora ejecutiva del New York Times entre 2011 y 2014, en una entrevista para The New Yorker: en un momento en que se usan los titulares como cebos para atraer lectores e ingresos por publicidad, ciertas declaraciones de Trump “son como el oro”. Ante esta “recompensa implícita”, los medios deben ser responsables y preguntarse: “¿Estamos hablando tanto [del mandatario] porque cada noticia tiene realmente interés periodístico o estamos persiguiendo audiencia?”.

La pregunta vale también para los medios que lamentan la crispación sin renunciar a los beneficios que trae el sensacionalismo. Un ejemplo es la decisión de la CNN –una de las cadenas beneficiadas del choque frontal contra Trump– de “priorizar una cobertura dramática de la política” con discusiones encarnizadas y otros recursos efectistas, explica la periodista María Sánchez Díez. O en España, los programas “que, calcando los formatos de las tertulias del corazón, han llenado las noches de los sábados de un espectáculo de gritos y enfrentamiento ideológico”.

La excitación como tópico

Cuando la opinión pública cae en estado de agitación, sea por las prisas de los políticos o por el alarmismo de los medios, las palabras fuertes se convierten en el recurso por excelencia para llamar la atención. O para mantener el interés por temas que llevan meses renqueando en la agenda informativa. Así, el “Brexit duro” pasa a ser el “Brexit salvaje”; el Parlamento británico “tumba” el acuerdo de Theresa May con la UE; la Comisión Europea “arremete” contra una prórroga del Brexit… Paradójicamente, por esta vía la inmoderación cristaliza en tópico y apenas llama la atención.

Algo similar ocurre con las llamadas de alerta frente al deterioro del planeta. Un aspecto positivo de las protestas juveniles por el clima, celebradas en varios países el pasado 15 de marzo, es que hoy no preocupa tanto la “superpoblación” como la escasez que dejamos a los que vienen detrás, que es una preocupación mucho más solidaria. En vez de quejarse de que hay demasiadas personas que amenazan nuestra calidad de vida, los jóvenes se preocupan de que haya suficientes recursos para las generaciones siguientes.

Menos novedoso, sin embargo, era el tono de algunas pancartas: “No hay un planeta B”; “Emergencia climática”; “El momento de salvar es ahora”; “Tu casa está en llamas”… El problema es que es difícil sentirse urgido cuando llevamos años de alarmismo en este debate. Sirve de ejemplo un artículo sobre el cambio climático publicado en 2017 en New York Magazine, que advertía: “No importa lo bien informado que esté; seguramente, no está lo bastante alarmado”.

Prescriptores de la ansiedad

Tomando pie de este artículo, pero dejando a un lado el problema del calentamiento global, la periodista de The Atlantic Julie Beck criticó que hubiera en él una “llamada explícita a la ansiedad”, lo que a su vez motivó una cascada de mensajes en las redes sociales “que prescribían el miedo y la preocupación como la respuesta adecuada a ese texto”.

A Beck le preocupa que este tipo de “llamamientos emocionales”, habituales en la política y en el activismo, hayan dado el salto también a la comunicación cotidiana. Sobre todo, porque ahora las exhortaciones a permanecer en guardia son constantes en las redes sociales y cada vez más subidas de tono: ya no vale con “mantenerse despierto” frente a un problema, sino que es preciso “mantenerse indignado”.

Beck ve varios efectos perversos de este alarmismo. El primero es que “distrae la atención del objetivo real para centrarla en los propios estados de ánimo”. Y llegamos a pensar que si nos preocupa un problema es que estamos comprometidos con él, aunque no hagamos nada para afrontarlo. Como dice un experto en ansiedad al que consultó, Scott Woodruff, creemos que la preocupación nos convierte en buenas personas.

Lo curioso es que esta inacción se traduce en un nerviosismo colectivo. “Uno se conecta a Twitter y a Facebook, y comprueba que sus amigos y la gente a la que admira le refuerza ese mensaje: Sí, deberías estar preocupado. ¿No lo estás? ¿Qué problema tienes?”. Lo que aumenta el nivel general de ansiedad en Internet.

La “fatiga de la compasión”

Otro efecto posible es que la vigilancia constante termine en una “fatiga de la compasión”, como dice Cher Weixia Chen –citada por Beck– a propósito del fenómeno del “activista quemado”. Se trata de un riesgo que acecha a los comprometidos de verdad, cuya sensibilidad a las injusticias, unida a la comprobación de que sus acciones a favor del progreso social no siempre logran cambios tangibles, pueden resultar agotadoras.

En el caso de los usuarios de redes sociales, la saturación es más anodina. Si al entrar cada día en una plataforma comprueban que todo el mundo está gritando “¡fuego!”, dice Beck, es muy probable que acaben vacunados contra tanto alarmismo. La diferencia es que aquí no ha habido acciones a favor de nadie: simplemente, la capacidad de atención ha tocado techo.

El artículo de Beck da que pensar sobre el efecto rebote del alarmismo en la opinión pública. Si todo es “urgente”, “interesante” o “peligroso”, nada lo es; si no hay gradaciones, el secuestro de la atención por cualquier nimiedad es una victoria a corto plazo, pero a la larga siembra escepticismo y desinterés. La desafección funciona entonces como un mecanismo de defensa frente a una sociedad enganchada al estado de alerta.




Desinformación, una oportunidad para el periodismo

Para recuperar la credibilidad, los medios deben ser más transparentes, independientes y rigurosos


Ramón Salaverría (Xjorcom06) es catedrático de Periodismo en la Universidad de Navarra, coordina el observatorio Iberifier. Su investigación se centra en el periodismo digital y la desinformación. Autor de más de 300 publicaciones, figura en el ranking de la Universidad de Stanford de los investigadores más citados del mundo.

INTRODUCCIÓN

Si las mentiras fueran estrellas fugaces, estaríamos en plena noche de las Perseidas. Basta con aguardar unos instantes para que en cualquier tribuna pública, medio pseudoperiodístico o plataforma digital divisemos la siguiente patraña que cruza, rutilante, el firmamento de la información. A menudo, igual que nos ocurre con los destellos diminutos y efímeros que iluminan las noches de agosto, ni siquiera llegamos a percatarnos del paso de las mentiras. Circulan tan rápido y la esfera pública es tan grande que apenas percibimos una mínima parte de los embustes, manipulaciones y bulos que nos impactan sin parar.

Los engaños que más nos cuesta ver son, de hecho, aquellos que coinciden con nuestro punto de vista. Ocurre igual que cuando miramos a las estrellas: vemos mejor aquellas que lucen enfrente de nosotros, pero apenas advertimos las que se sitúan detrás.

La difusión estratégica y deliberada de falsedades, eso que hemos dado en llamar desinformación
(Tumber & Waisbord, 2021), se ha convertido en un problema planetario. Los creadores y difusores de desinformación —líderes sin escrúpulos, políticos de medio pelo, agitadores a sueldo, estafadores profesionales, gañanes en general— nos apedrean con sus bulos de manera masiva, orquestada y sin descanso. Frente a su amenaza, los ciudadanos necesitamos información contrastada y fiable, esa que el periodismo está éticamente obligado a suministrar.

Los medios son —o deberían ser— un escudo contra la amenaza de la desinformación. Aunque proliferan pseudomedios que mienten adrede y sin reparo bajo ropajes aparentemente periodísticos, lo cierto es que la mayoría de los verdaderos medios y periodistas cumple cabalmente con su labor. De hecho, hay organizaciones periodísticas que han convertido la misión de luchar contra la desinformación en su principal razón de ser.

Las agencias de verificación informativa, por ejemplo, centran su esfuerzo en desmentir los bulos, como esos astrónomos que otean el universo en busca de grandes meteoritos que apuntan a la Tierra. En el caso de los fact-checkers, escudriñan el cosmos de la información, desenmascarando falsedades y mensajes de odio que pretenden corromper la vida pública y manipular a los ciudadanos.

Sin duda, suena exagerado comparar la desinformación con el Armagedón, término que, no solo ha servido de título para una película taquillera, sino que sobre todo designa en varias religiones el fin catastrófico del mundo. Por ahora, no parece que las mentiras nos hayan puesto en semejante riesgo terminal. Sin embargo, lo cierto es que en enero de 2024 el mismísimo Foro Económico Mundial de Davos situó a la desinformación como la mayor amenaza mundial para los próximos años.

Tras la experiencia de la ola global de desinformación desatada durante la pandemia o, más recientemente, con motivo de la invasión rusa de Ucrania y de la guerra entre Israel y Hamas, muchas otras voces apuntan en el mismo sentido.

Debemos reconocer, por tanto, que es un problema grave. Que precisa ser enfrentado desde múltiples ámbitos, tales como la seguridad, las leyes, la investigación (Salaverría & Cardoso, 2023), la educación y, por supuesto, también desde el periodismo. Pero no debemos quedarnos solo con los aspectos negativos.

Como saben los buenos estrategas, allá donde hay una amenaza, asoma también una oportunidad. Por eso, sin desdeñar los innegables riesgos sociales que comporta la desinformación, las próximas páginas miran al fenómeno de la desinformación desde una visión poco frecuente: la oportunidad. La preocupación social respecto del auge de las falsedades brinda al periodismo una inmejorable ocasión para reconstruirse. Si los ciudadanos perciben la proliferación de noticias falsas como peligro, el periodismo tiene una oportunidad única para reivindicar su papel como garante de la veracidad informativa. Se trata, ni más ni menos, de que los medios redoblen su compromiso con su labor esencial. Que recuerden cuál es el fundamento del periodismo, esa profesión que se basa en investigar y contar asuntos actuales y relevantes, por incómodos que puedan ser, con garantía de independencia y, sobre todo, verdad.

LA CREDIBILIDAD, EN PICADO

Diversos estudios y encuestas vienen repitiendo en la última década que el principal problema de los medios no es económico. En realidad, la crisis financiera del periodismo, su pertinaz dificultad para reconstruir sus modelos de negocio, es más bien un síntoma de una enfermedad más profunda: la caída a plomo de la credibilidad.

La crisis reputacional del periodismo es un problema que, en mayor o menor grado, afecta a la prensa en la práctica totalidad de los países occidentales. No es solo que los fieles lectores de periódicos de antaño o los puntuales televidentes del telediario hayan comenzado a faltar a su cita cotidiana con la información. Es que esas mismas personas han comenzado a perder la confianza en aquellos mediosque antes sentían como su casa, para caer en brazos de vocingleros de las redes sociales y, en no pocas ocasiones, de embaucadores profesionales.

El declive del periodismo es general en Occidente, pero si se entra al detalle de los estudios, se advierte que hay países en los que la situación pinta peor que en otros. Por desgracia, uno de los lugares donde en los últimos años más ha caído la credibilidad del periodismo es España.

En 2018, un estudio del estadounidense Pew Research Center sobre la percepción social del periodismo en Europa indicaba que la credibilidad de los medios públicos y privados en España se situaba a la cola de los ocho países analizados por el estudio; los otros eran Reino Unido, Suecia, Países Bajos, Alemania, Dinamarca, Italia y Francia (Pew Research Center, 2018).

En 2022, el Digital News Report España (Vara et al., 2022) reveló que la pérdida de confianza de los usuarios españoles en las noticias se había agravado. Por primera vez desde que, en 2014, comenzaron los informes anuales Digital News Report en nuestro país, el porcentaje de quienes no se fiaban de la información (39%) superó al de quienes sí confiaban habitualmente (32%). Los datos no podían ser más sombríos y preocupantes para las empresas informativas españolas: revelan una pérdida de crédito continua y cada vez más acelerada. También en 2022, el Eurobarómetro de la Unión Europea desveló que, en España, el 71% de los encuestados no creía que la información de los medios privados estuviera libre “de presiones políticas y comerciales”, al tiempo que la desconfianza respecto de los medios públicos alcanzaba al 75% de la población (Unión Europea, 2022). Hablando en plata: apenas uno de cada cuatro españoles confía hoy en los medios.

Esta caída en picado de la credibilidad del periodismo tiene muchos causantes y, por supuesto, no todos trabajan dentro de las redacciones. La lista de responsables es larga. Para empezar por la base, un sistema educativo que, a día de hoy, sigue postergando la formación mediática de los jóvenes y no cultiva en las aulas el espíritu crítico en el consumo de la información.

También habría que incluir en la lista a una clase política que promueve el clientelismo de los medios privados y el control de los públicos, mientras persigue no ya la disidencia, sino la mera independencia. A los profesores Daniel C. Hallin y Paolo Mancini, americano e italiano respectivamente y, por tanto, nada sospechosos de filias o fobias respecto de la política en España, corresponde haber descrito al sistema mediático español como un “pluralismo polarizado” (Hallin & Mancini, 2004), donde, bajo una aparente libertad de prensa, reina una fuerte polarización ideológica y un ecosistema mediático plagado de presiones. Cabe suponer que la creciente polarización política de España es, de hecho, un factor multiplicador de la percepción social de desinformación: cuando las posiciones políticas se extreman y se alejan de un territorio común, los ciudadanos dejan de considerar la opinión discrepante como tal opinión y, en cambio, pasan a tacharla directamente de mentira.

El ya citado Digital News Report respalda esta hipótesis: según este estudio, el ciudadano español medio piensa que son los demás los desinformados y que, por el contrario, solo los medios que él consume son dignos de crédito. Está convencido, en suma, de que los únicos engañados —y acaso también mentirosos— son quienes no piensan como él.

Otro gran responsable de la pérdida de credibilidad de los medios se sienta en sus despachos de dirección. Presionados por un contexto económico adverso y por la necesidad de rendir beneficios, los propietarios y gerentes de la mayoría de los medios periodísticos occidentales han empobrecido su producto informativo. Comparados con los de décadas atrás, los periódicos de hoy tienen menos páginas, menos secciones, menos información propia. La radio y la televisión tienen menos corresponsales, menos reporteros, menos editores. También, de manera nada sorprendente, reciben menos publicidad y venden menos que antes, muchísimo menos.

Y luego están los medios digitales. Gracias a su presencia en las redes, es verdad que muchos cibermedios alcanzan hoy a públicos más amplios que antaño y lo hacen con exuberantes productos multimedia. El contenido digital resulta más cautivador y ubicuo que el de cualquiera de los medios clásicos. Por desgracia, su retorno económico sigue siendo insuficiente. Y el balance, preocupante: hay un convencimiento general de que las decisiones gerenciales han mermado la calidad de la información —su alcance, precisión, originalidad, estilo…— hasta dejarla por los suelos. Los medios españoles no están libres de este universal deterioro, por supuesto.

Muchos fenómenos confabulan, en fin, contra la credibilidad de los medios. En ese contexto, ha emergido una espiral de desinformación, con inquietantes efectos para la sociedad. Muchos la han visto como una amenaza que viene a sumarse a todos los demás problemas. Pero, ¿y si lo aprovechamos como una oportunidad?

CÓMO RECUPERAR LA CREDIBILIDAD

Son incontables los informes y análisis que han abordado en las últimas décadas las claves del declive del periodismo; también, por supuesto, los que han ensayado propuestas para atajar el problema (ahí están los trabajos de Denton & Kurtz, 1993; Cagé, 2016; Kueng, 2020; Pérez-Latre & Sánchez Tabernero, 2022, por citar apenas unos pocos).

Hay, en fin, tantos diagnósticos de la decadencia periodística como recetas para remediarla. Pero lo cierto es que, lejos de resolverse, el problema no hace más que empeorar.

Sería muy pretencioso, por tanto, suponer que uno puede dar con la tecla y arreglar, con unas pocas páginas, el mayúsculo desafío que tiene en jaque a toda una industria global desde hace décadas.
Conviene reconocerlo: el problema estructural del periodismo es muy serio y tiene muy difícil solución. Sin embargo, persistir en las decisiones erráticas y cortoplacistas que han conducido a los medios hasta su calamitoso estado actual parece la mejor garantía de su hundimiento definitivo. Esa obstinada estrategia —si se puede calificar así— solo servirá para cumplir, una vez más, la máxima de Groucho Marx: de victoria en victoria, hasta la derrota final.

En The Elements of Journalism, el análisis más profundo y de mayor impacto en este primer cuarto de siglo sobre la pérdida de credibilidad del periodismo, Bill Kovach y Tom Rosenstiel plantean el problema con nitidez:
En su etapa de esplendor, el periodismo ha sobrevivido porque ha ofrecido algo único a
una cultura: información independiente, confiable, exacta y amplia, que los ciudadanos
requieren para dar sentido al mundo que les rodea. (...) Los datos continúan mostrando
que la credibilidad declinante tiene más que ver con la percepción de que los periodistas
no han estado a la altura de esos valores (Kovach & Rosenstiel, 2021, p. xxi [traducción
propia]).
Se trata, por tanto, de un problema de renuncia a unos principios. Del olvido de la propia identidad, ante la presión ejercida por diversos factores: la transformación tecnológica, la creciente polarización política y la endeblez financiera. La fórmula para escapar de ese laberinto solo puede comenzar por una decisión: dejar de deambular sin rumbo y volver a la casilla de salida. O lo que es lo mismo, regresar a los principios fundacionales del periodismo.

¿Y cuáles son esos principios en el siglo XXI? El primero, la transparencia. Si los medios desean recuperar el crédito de los ciudadanos, deben comenzar por rendir cuentas de su trabajo. Confiamos en las personas cuando conocemos cómo se comportan, cuáles son sus valores y, sobre todo, por dónde no están dispuestos a pasar jamás. Nada produce más confianza que la certeza sobre los límites morales. Y viceversa.

Para recuperar la confianza, por tanto, los medios de comunicación deben comenzar por comunicar al público las normas éticas que rigen su proceder. Deben informar de cómo trabajan y cuáles son sus principios. Deben explicar cuáles son sus métodos de investigación y, siempre que no haya un motivo justificado para ocultarlas, deben ser claros respecto de las fuentes que han empleado.

Asimismo, tienen que explicar qué contenidos han elaborado bajo criterios estrictamente editoriales y cuáles, por el contrario, proceden de acuerdos económicos con empresas o entran en esa lábil categoría de los “contenidos patrocinados”.

Con la llegada de las informaciones generadas con inteligencia artificial, los medios también están obligados a desvelar qué contenidos han sido elaborados por periodistas y cuáles se han creado mediante sistemas algorítmicos. Más allá de las cuestiones editoriales, la transparencia debe extenderse hasta los aspectos económicos: los medios deben dejar claro quiénes son los propietarios, de dónde vienen los fondos y cuáles son las verdaderas cifras de negocio. Para que un medio resulte creíble no basta, en suma, con un par de artículos editoriales y unas pocas medidas cosméticas. Quien exige transparencia a los demás, debe dar antes ejemplo de propia transparencia.

Otra clave para recuperar la credibilidad es rectificar con rapidez y sin medias tintas. Cuántas veces habremos visto medios y periodistas que, tras publicar una información errónea, lejos de rectificar, se han limitado a retirar la noticia de su sitio, como si nada hubiera ocurrido. Muchas veces, ni siquiera eso: mantienen la información falsa, sin el menor gesto de rectificación. Sonroja tener que recordarlo a los periodistas pero, cuando se comete un error, la única actitud ética aceptable es reconocerlo y rectificar, con claridad y sin demora. Las personas disculpamos el error, lo que no olvidamos es la desconsideración y la mentira. Rectificar públicamente es una de las decisiones más inteligentes que puede adoptar un medio para fortalecer su credibilidad.

En tercer lugar, hay que mejorar los estándares profesionales. Es bien sabido que las opiniones son más baratas que la información. No hay más que fijarse en los medios actuales para darse cuenta de que a los medios les resulta más asequible contar con una tropa de opinadores todólogos —tertulias, tertulias y más tertulias— que con un equipo de reporteros y corresponsales especializados. Si los medios se dedican a exacerbar la opinión y a anular la información, que no se rasguen después las vestiduras al comprobar que la ciudadanía está cada vez más enfrentada. La opinión, especialmente cuando se presenta del modo dialéctico en la que acostumbran a hacerlo los medios, no genera conocimiento. Produce algo mucho menos edificante: en el mejor de los casos, entretiene, pero a menudo degenera en simple enfado y rechazo. Justo el caldo de cultivo que sueñan los creadores de la desinformación.

Para recuperar la confianza, corresponde una responsabilidad clave a los medios de titularidad
pública. O, para ser más exactos, a sus gestores. Como ya hemos apuntado, los medios públicos españoles, tanto los de ámbito nacional como los autonómicos, se encuentran entre los que menor confianza suscitan en los países occidentales. La percepción ciudadana de control político de los medios públicos está muy arraigada. Y no faltan los motivos. Una medida deseable para regenerar la credibilidad en el periodismo sería, por tanto, eliminar el dirigismo político de los medios públicos: una cosa es gobernar las cuentas de una corporación pública y otra, bien distinta, controlar qué, quién, dónde, cuándo y cómo aparece en un medio.

De tan obvias, las medidas hasta aquí reseñadas pueden sonar ilusas. Pero por ahí va el camino. Para
recomponer la credibilidad, los medios deben ser más transparentes, independientes y rigurosos. Todos sabemos que el statu quo de los medios no permite albergar muchas esperanzas para el cambio. Pero si de verdad nos preocupa el problema de una ciudadanía cada vez más desinformada y alejada de la información, quizá debamos comenzar a reivindicar con firmeza estas utopías.

La creciente presencia de la IA generativa ha resaltado la necesidad de establecer directrices en las salas de redacción para regular estas tecnologías. Un análisis realizado por Hannes Cools y Nick Diakopoulos sobre diversas guías existentes revela temas comunes como la supervisión humana, la transparencia, la responsabilidad y la privacidad.


Valores clave. 
Según el artículo, se identifican varios valores clave en las directrices para el uso de la IA generativa en las salas de redacción. A considerar:

  1. Supervisión: Las directrices enfatizan la importancia de la supervisión humana significativa en el uso de la IA generativa. Se destaca la necesidad de que los resultados generados por las herramientas de IA sean sometidos a un escrutinio crítico y verificados, complementados y fact-checkeados por expertos humanos antes de su publicación. Se enfatiza la autonomía humana y la primacía de las decisiones humanas.

  2. Transparencia: Se hace hincapié en la transparencia en el uso de la IA generativa en las salas de redacción. Las directrices sugieren que el contenido generado por IA debe ser etiquetado y que el uso de IA en la producción de noticias debe ser comunicado al público. Sin embargo, se menciona que esta transparencia puede variar según si la IA se utiliza como una herramienta complementaria o como una parte integral del flujo de trabajo.

  3. Usos prohibidos y permitidos: Las directrices incluyen una lista de usos prohibidos y permitidos de la IA generativa, aunque a veces se hacen excepciones. Se establecen condiciones explícitas de transparencia, responsabilidad y rendición de cuentas para estas excepciones. Se presta especial atención al uso de la generación de imágenes.

  4. Responsabilidad y responsabilidad: Se destaca la importancia de la responsabilidad y la rendición de cuentas en las directrices. Esto se aplica tanto al contenido publicado como a los valores como la precisión, imparcialidad, originalidad y transparencia. También se resalta la implementación de medidas de responsabilidad para el uso de datos y productos de IA, así como el uso de sistemas de IA técnicamente robustos y seguros para minimizar los riesgos.

  5. Intención estratégica de uso: Las directrices también reflejan los objetivos estratégicos de las organizaciones al implementar la IA generativa. Se mencionan motivaciones como el deseo de mejorar la originalidad, calidad e incluso velocidad, al tiempo que se enfatiza que la IA no debe reemplazar a los periodistas y se deben mantener los valores fundamentales como la independencia e imparcialidad.

  6. Formación: Aunque se menciona con menos frecuencia, algunas directrices hacen referencia a la formación y la capacitación como parte de la mitigación de los riesgos de la IA generativa y la rendición de cuentas y transparencia hacia el público.

En resumen, los valores clave de estas directrices incluyen la supervisión humana, la transparencia, la responsabilidad, la responsabilidad, la intención estratégica de uso y la formación. Estos valores buscan garantizar el uso ético y responsable de la IA generativa en las salas de redacción y preservar los estándares de calidad y principios periodísticos.

Foto:Imagen de Alexandra_Koch en Pixabay 

Debate cultural


Estamos participando en un curso de Aceprensa Forum sobre el debate cultural. Tres sesiones impartidas por uno de mis influencers, Juan Meseguer

Meseguer (Madrid, 1981) es Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid Doctor por la UNED con una tesis sobre la etapa inglesa de Karl Mannheim, en la que el sociólogo húngaro se pregunta cómo reconstruir las democracias liberales en una Europa dividida por distintas visiones del mundo y redactor jefe de Aceprensa. Ha publicado tres poemarios: Áspera nada (accésit del premio Adonáis 2013), Un secreto temblor (premio Arcipreste de Hita 2010) y Bancos de arena (accésit del premio Adonáis 2005). También ha escrito varios libros de divulgación: Pensamiento crítico: una actitud (2016), Familia: los debates que no tuvimos (2011), La fiesta que no cesa (2010) y La familia que viene (2008). 

El esquema de la primera sesión ha sido este: 
  1. Qué es y por qué importa la batalla de las ideas 
  2. ¿Podemos hablar sobre valores y estilos de vida sin pelearnos? 
  • Claves para una disputa feliz (B. Mastroianni) 
  • Iniciativas y buenas prácticas para hacer avanzar la conversación sobre temas sociales controvertidos
Comparto algunas de las notas que tomé durante la sesión y el coloquio posterior.

La batalla cultural es la capacidad de generar consensos sobre ideas universales y de mantenerlos en el tiempo desde el propio punto de vista. Es fundamental llegar primero, ser el que propone y establece el marco del debate, porque pone al que piensa diferente a la defensiva y le obliga a reaccionar.

Puso como ejemplo de partida una plaza en la que hay de todo. Para el debate actual hay que aceptar que la plaza es diversa, que nunca está vacía, que en ella hay unas convicciones u otras. La mentalidad dominante está constituida por ideas consideradas progresistas, pues hay un sesgo negativo de las ideas conservadoras.

Propone salir de la confrontación y encontrarnos con personas que piensan diferente. Puso el ejemplo de una experiencia en  la que solo hay exposición de unos y de otros y preguntas de otros y de unos, sin debate (puede servir de entrenamiento previo para el debate, pensamos).

Aconsejó la lectura del artículo Complicando las narrativas, de Amanda Ripley, quien propone que los periodistas no escriban en plan buenos y malos, sino en función de cómo se comportan realmente los humanos cuando están polarizados y son desconfiados. Se trata de inyectar matices en la conversación.


Claves para una disputa feliz  (ver La disputa feliz, de Bruno Mastroianni) en temas de calado:

  1. Abrir perspectivas, mostrar paradojas. La disputa feliz es aquella en la que hay más satisfacciones que amarguras al terminar el debate y ayuda a crecer; aunque no me den la razón.
  2. Mantener el foco en el tema del debate. Para esto, hay que humanizar al "otro" primero (establecer una relación); luego llegará el turno de los argumentos.
  3. Siempre hay dos audiencias, aquella con la que debato y los que escuchan el debate.
  4. Afinar los argumentos para que lleguen a los que piensan de otra manera.
  5. En el debate debe haber de todo: datos, historias, razonamientos...
  6. Separarse del debate político (inmediato y a corto). El debate cultural tiene otros tiempos.
  7. Antes que la estrategia están los contenidos.
Hasta aquí lo de la semana pasada. Mañana es la segunda sesión. Ya os contaremos qué tal
 
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En la foto, Juan Messeguer durante la sesión de Zoom.


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